Los conjuros cubanos ¿superstición o tradición?

Por: Caridad Santos Gracia

¿En alguna ocasión se ha detenido a pensar cómo se denominan esas pequeñas acciones, palabras o frases que usted u otras personas utilizan con cierta regularidad, por ejemplo, para alejar un mal pensamiento, contrarrestar el nefasto augurio que, según la tradición, puede acarrear el aullido desagradable de un perro, la presencia de una mariposa grande y negra o el chillido de una lechuza, y qué dicen cuando precisan que se mantenga el éxito logrado en el desarrollo de un proyecto o en los estudios? Es probable, que, según corresponda, no dude en exclamar ¡Solavaya!, tocar madera o las manos del Alma Mater.

Y, siguiendo este mismo rango de interrogantes, ¿quién pudiera afirmar categóricamente que no ha sido partícipe de la más mínima acción tendiente a propiciar la “buena suerte”, o que nunca ha llevado consigo algún objeto (anillo, bolígrafo, lápiz…) para que le ofrezca seguridad y apego —y que quizás asume, sin que la persona se percate, cierta función de amuleto— y contribuya a la consumación exitosa de un viaje, un examen o cualquier otra situación ventajosa.

Hasta hace muy poco, la simple alusión a la existencia de los conjuros, encantamientos, hechizos o exorcismos, entre otras denominaciones con que suelen conocerse, así como a diversas manifestaciones un tanto hermanadas a estos —como los augurios o presagios, fórmulas populares de predicción del futuro y a los ensalmos encaminados a la “ cura” de variadas enfermedades—, eran mayoritariamente asociados, sin distinciones, con los significados de mentira, falsedad, atraso e identificados en su conjunto, incluso por la propia población, como supersticiones, con toda la carga peyorativa que dicho concepto entraña, blanco de controvertidos análisis especializados, sobre todo a partir de la última década del siglo xx.

Su etimología posee dos acepciones; la más conocida es la que lo define como toda “creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón”. Sin intentar teorizar sobre este tema, en dicho concepto se infiere que la valoración del hecho supersticioso se sustenta en dos principios fundamentales: el objetivo, racional o científico, y el religioso. Por ello, las expresiones que no se atienen a lo establecido en uno u otro caso pudieran ser catalogadas como tales.

El argentino Adolfo Colombres, importante teórico de la oralidad tradicional, considera acertadamente que el término superstición no debe ser aceptado en ninguna de sus acepciones, ya que “resulta un lamentable estereotipo del colonialismo cultural, una forma de desprestigiar, quitar validez y desactivar la cultura popular” (2000).

En el campo de los estudios etnográficos se estima que muchas de las fórmulas señaladas —conjuros, ensalmos, augurios— han dado origen a ciertos usos y costumbres, ritos y creencias cosmogónicas y de concepción del mundo, y que en parte constituyen reflejos culturales de épocas anteriores. Lo cierto es que estas manifestaciones poseen un profundo cariz popular, y al igual que las restantes expresiones que conforman el valioso entramado de las tradiciones orales, constituyen elementos insoslayables para el conocimiento, comprensión y valoración de la identidad nacional y en alguna medida inciden en la forma de ser y de pensar de la población.

Por ello, los conjuros pueden considerarse como uno de los rasgos distintivos de la oralidad tradicional cubana y poseen un acentuado valor utilitario, aspecto esencial que ha incidido en su pervivencia en disímiles contextos socioculturales, a despecho y a la par, del desarrollo alcanzado en las diferentes aristas del conocimiento. Constituyen fórmulas o “técnicas” usadas por las personas con el propósito de intentar darle solución a problemas que pueden perturbar su existencia, y por ello suelen ser tan diversas, abarcadoras y complejas como la vida misma.

La ascendencia de muchos de los conjuros que forman parte de la tradición oral cubana puede hallarse en prácticas y creencias ancestrales, lo cual es posible corroborar en cierta medida a través de los estudios desarrollados por algunos investigadores que en el ámbito europeo, sobre todo en diversas regiones de España e Islas Canarias, han centrado sus intereses en la revisión y el análisis de las fuentes documentales legadas por los tribunales del Santo Oficio. Ello nos da acceso, aunque de manera indirecta, a un material de “primera mano” que permite precisar, entre otros aspectos, no solo su antecedente histórico, sino también la pervivencia y validez de muchas de las fórmulas que aún se conservan en nuestro entorno.

Las indagaciones en este tema en América Latina se desarrollaron sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo xx y fueron, por lo regular, colectaciones que apuntan a regiones específicas o artículos que centran su atención en algún elemento que puede resultar de interés. La mayoría de estos textos, aunque no permiten la obtención de datos cuantificables, son fuentes de inestimable valor para establecer análisis comparativos de la presencia de variadas fórmulas propiciatorias vigentes en diversos países hispanoamericanos.

En Cuba, aunque de forma escasa, algunos investigadores han realizado estudios que en alguna medida tratan el tema. Una vez más debe hacerse mención a la visión de don Fernando Ortiz, que, en la temprana década del veinte del pasado siglo, en su carácter de director de la revista Archivos del Folklore Cubano, permitió la inclusión de dos artículos que se adentraban en elementos que intervienen en la materialización de algunos conjuros: la escoba y la presencia de los nudos en los procesos mágicos. Estas indagaciones, aunque son breves y sin valoraciones teóricas, nos muestran la presencia de estas expresiones en ese período —que aún se conservan—, pero lo más importante es que al ser incluidas en dicha publicación adquirieron una nueva dimensión por haber sido reconocidas como manifestaciones propias de la cultura popular cubana.

Con posterioridad el propio Ortiz se interesa en el estudio y la valoración de estos temas y dedica una trilogía —Una pelea cubana contra los demonios (1959), La santería y la brujería de los blancos (2000) y Brujas e inquisidores (2003)— a desentrañar aspectos de vital interés histórico, casi inexplorados hasta el presente, de considerable estima para el análisis de los conjuros.

El acucioso investigador José Seoane Gallo orienta parte de su obra a la colectación de las fórmulas mágicas y las manifestaciones de la medicina tradicional en la región central de Cuba. Su libro Remedios y supersticiones en la provincia de las Villas (1962) versa sobre  diferentes conjuros que se practican en ese entorno, con el propósito de evitar situaciones desfavorables, entre ellas, las desavenencias familiares, malas influencias; “amarrar” a uno de los miembros de la pareja, atraer la suerte, pasar inadvertidos o lograr que aparezca un objeto perdido. Motivaciones similares y formas de ejecución semejantes a las halladas en las restantes provincias del país.

Por su parte, El Folklore Médico de Cuba, del propio Seoane, está dedicado en lo fundamental a mostrar la diversidad de procedimientos para el tratamiento de múltiples dolencias, utilizados en la antigua provincia Camaguey. La obra ofrece, además, una valiosa información útil como punto de referencia y comparación, sobre todo por las oraciones que se usan en los ensalmos, a las cuales también se acude en la práctica de muchos conjuros.

Jesús Guanche en su libro Oraciones populares de Cuba realiza un importante estudio de un conjunto de ellas procedentes de la tradición oral, que se han conservado por medio de su impresión en hojas sueltas u otros medios escritos, y que aún poseen vigencia entre la población cubana. Esto resulta de gran relevancia pues a muchas de dichas oraciones se apela en la consumación de algunos conjuros.

Tomando en consideración los criterios sustentados por diversos estudiosos de estos temas y de lo hallado en el ámbito cubano, pudiéramos definir de forma general a los conjuros como las imprecaciones que una persona realiza —sin que ello implique ser tildada de bruja o hechicera—, complementadas de manera alterna con diversas acciones, frases u oraciones y la inclusión en ocasiones de objetos u otros elementos —a mayoría de ellos revestidos desde épocas remotas de una importante carga simbólica—, y dirigidas a una divinidad, santo, fuerza sobrenatural o elemento de la naturaleza, con la intención de interferir en los procesos negativos, entre ellos, fenómenos atmosféricos adversos; males de diversa índole que pueden infringir personas, animales, “seres sobrenaturales”; o con el objetivo de propiciar la satisfacción de deseos y necesidades personales, entre otros. Sin dudas, son fórmulas conservadas por la tradición y usadas popularmente para intentar darle solución —o reforzar gestiones favorables que están en vías de realización— a problemas que pueden afectar al ser humano. Predominan en nuestro entorno los conjuros positivos,  no asociados a la consumación de situaciones perjudiciales hacia otras personas.

El individuo que practica algún tipo de conjuro, atendiendo a un errado principio de la ley de causa y efecto, estima que por medio de ese ritual puede variar el curso de ciertas situaciones, sobre todo, las desfavorables, así como propiciar otras que le resultan beneficiosas. Por ello, las personas que los vivencian, que tienen fe en ellos, sin dudas los consideran válidos.

La práctica de un conjuro, usando como referencia el entorno cubano, suele presentarse en diversas modalidades, aunque se pretenda dar solución a problemáticas semejantes. Por ello no es de extrañar que su complejidad difiera de forma considerable de uno a otro y su materialización pueda oscilar desde simples gestos —como cruzar los dedos detrás de la espalda para deshacernos de algún juramento o tocar madera para que no se nos estropeen los planes que marchan sin dificultades— hasta acciones —como situar en lugares estratégicos ciertas plantas u objetos revestidos de una importante carga simbólica, capaz de protegernos según la  tradición de variadas situaciones desventajosas. Algunas palabras o frases cortas, factibles de ser invocadas por cualquier individuo, como las imprecaciones “¡Solavaya!”, “¡Lagarto!”, “¡En ti se ensuelva!”, “¡Dios te guíe hasta la puerta del cielo!”, o “¡Venga a buscar sal mañana!” intentan neutralizar lo que pueda constituir señal de mal augurio, Otras pueden implicar el desarrollo de rituales más completos y complejos, como el dedicado a la “cura” del mal de ojo, “síndrome de carácter mágico” de bastante incidencia entre la población cubana, que por lo regular requiere la intervención de personas “conocedoras” y suele incluir, entre otros elementos, el uso de oraciones específicas entre las que se destaca la dedicada a San Luis Beltrán.

Estas oraciones, según sea el caso, pueden estar dirigidas lo mismo a un santo en particular  que a un conjunto de ellos, o incluir la invocación a demonios u otras fuerzas sobrenaturales.

En el presente estudio solo se han considerado las que se invocan con el fin de propiciar la materialización de algún conjuro. Como ejemplo vale señalar las que se proponen contrarrestar ciertas situaciones negativas que pueden evidenciarse, en la propia oración; por lo común son ellas: la “cosa” mala que se pretende neutralizar o eliminar; la muerte repentina o el accidente que se desea evitar; el ataque de un perro con rabia o de animales feroces, u otros sucesos indeseados contra los que es necesario “actuar” en caso de que ya se hayan manifestado.

Entre las oraciones que fungen como conjuros o en las que se insertan motivos o fórmulas usados como tales, se encuentran, por solo mencionar las más representativas, las dedicadas a San Luis Beltrán, San Pedro, San Dimas, San Silvestre, a la Santa Camisa, San Bartolomé, a la Santa Cruz, a las Doce palabras redobladas (torneadas o tornadas), San Alejo, al Justo Juez, San Miguel Arcangel, San Isidro, San Aparicio, San Juan Bosco, a la Santa Cruzada, San Antonio de Padua, San Francisco de Asís, San Clemente, San Juan Bautista, la Virgen María, Santa Marta, Santa Mónica, la Virgen del Rosario, Santa Elena, Santa Bárbara, la Virgen de la Caridad, la Virgen de la Cueva, el Ángel de la Guarda, y otras oraciones que invocan a varios santos a la vez.

Es apreciable en la mayoría de los conjuros la tendencia a sintetizar las oraciones en aras de usar solo la parte que contiene de forma resumida lo que se desea obtener. La necesidad de extraer los aspectos más importantes de estas, hasta incluso llegar a minimizar muchas de ellas, está relacionado con el hecho de poder memorizar con mayor facilidad lo más útil de estas, fragmentos que por lo regular poseen cierta cadencia que favorece la conservación de motivos específicos que suelen reiterarse o fusionarse entre sí. Otras veces se tratan de breves salmos o versos ritmados, que aunque difieren entre sí poseen una misma esencia  e igual propósito: que el santo nos escuche y atienda, aunque para ello haya que utilizar métodos de coacción extremos como quemarlo, pelarlo u ofenderlo, sobre todo al atarlo por sus partes más vulnerables, como se puede apreciar en el rito propiciatorio para que San Dimas nos tome en cuenta. Los nudos realizados en pañuelos, “cabullas” o cordeles, unidos o no a otros objetos (patas de una silla o mesa), simbolizan su amarre, para evitar que huya de nuestra influencia.

Pero, en ocasiones, no es necesario conocer en su totalidad o en parte la oración propia de cada entidad, ya que su invocación —lo que parece estar bastante generalizado entre la población cubana— acompañada de gestos que se proponen imitar lo que se desea lograr —por ejemplo, expulsar lo indeseado— parece tener poder o fuerza suficiente para alejar lo que nos perturba. El excedente de carga simbólica que se le adjudica por tradición a una estimable variedad de objetos o elementos procedentes de la naturaleza (plantas o animales) o de los seres humanos puede deberse, como señalan diversos autores, a la forma que estos poseen, sin menospreciar las características del material o de la sustancia que los integra, así como ciertos rasgos de belleza o fealdad que pudieran hacerlos destacables, a lo que se suma en ocasiones, su escasa presencia.

Los conjuros estudiados en Cuba son muy similares en las distintas localidades del país, lo cual es posible apreciar aún a través de la diversidad de modalidades existentes sobre una misma oración o conjuro gestadas sin dudas por el lugar de procedencia y por el medio de transmisión que las sustenta: la palabra.

La mayor presencia de los grupos de conjuros se corresponde con los encaminados a contrarrestar los daños ocasionados por los fenómenos naturales, pasar inadvertidos o alejar enemigos, propiciar un sueño tranquilo y libre de pesadillas, evitar o curar el mal de ojo y encontrar objetos perdidos, entre otros.

En las prácticas relativas a tratar de contrarrestar situaciones meteorológicas desfavorables se incluyen las relacionadas con la erradicación de los rabos de nube, de las tormentas o lluvias intensas, de los rayos (o truenos), vientos fuertes, y, en menor medida,  la sequía y el granizo.

Al analizar las diversas técnicas aplicadas, en numerosas ocasiones resulta bastante difícil precisar con exactitud (sobre todo en las tres primeras situaciones) las fórmulas correspondientes a cada caso, pues por lo regular la mayoría de las utilizadas puede cumplir cualesquiera de las funciones señaladas.

Las fórmulas tendientes a tratar de neutralizar o disolver los tornados, conocidos popularmente entre el campesinado como rabos de nubes o mangas de viento, tienen cierta representatividad en las zonas rurales , pues estos fenómenos naturales causan serios estragos, tanto humanos como materiales, sobre todo en dicho entorno. Ello justifica con creces la profusión de las técnicas usadas durante generaciones para intentar contrarrestarlos.

Muchos de estos conjuros se basan en la ejecución de acciones propiciatorias poco complejas, las cuales se sustentan, en lo esencial, en el trazado de la señal de la cruz y en la imitación del corte del fenómeno, utilizando una tijera o un machete  o  cualquier otro objeto cortante, o simplemente amenazándolo con un dedo, rituales que en su conjunto se encaminan a un solo propósito: alejarlo lo antes posible.

Las características principales de la magia simpatética —ley de semejanza— se aprecian con claridad cuando se intenta eliminar el rabo de nube con solo imitar su corte. Este ritual adquiere una mayor efectividad cuando se incorporan otros elementos también importantes como las oraciones a ciertas entidades —que tradicionalmente se han ganado el favor de ser invocadas para resolver estas situaciones u otros hechos asociados a las fuerzas de la naturaleza— complementadas con la repetición tres veces de la señal de la cruz.

Muchos de los elementos que constituyen aspectos de vital importancia en los conjuros tendientes a evitar los rayos, como la señal de la cruz, utilización de la ceniza, invocación a santos “especializados”, también están presentes en las fórmulas que pretenden hacer cesar la lluvia, sobre todo las que por su intensidad adoptan la categoría de tempestades. No dudamos de que extiendan su influencia a tratar de contrarrestar o desviar fenómenos de mayor intensidad como los ciclones o huracanes. Se aprecia, además, en alguna medida, la incorporación de los niños o mujeres recién paridas, por la pureza que tales personas entrañan como los más propicios para ejecutar dichas acciones. Muchos de los ejemplos no solo tienen el propósito de hacer cesar la lluvia, sino además pueden utilizarse para “luchar” contra cualquier adversidad meteorológica, por lo que en ocasiones resulta difícil ubicarlos en uno u otro grupo.

Con una difusión que pudiera tildarse de universal se encuentran las prácticas tendientes a evadir a las personas identificadas como posibles causantes de algún tipo de inconveniente o mal. Por ello no es de extrañar que estas fórmulas o la utilización de ciertos objetos encaminados a “hacerse invisible” ya existieran desde el medioevo. Entonces era frecuente entre la población el uso de cédulas y nóminas (versión cristiana de los amuletos y talismanes árabes) colgadas al cuello, dentro de una bolsita, a las que se adjudicaba, entre otras virtudes, el poder de evitar que el propietario fuera apresado por la justicia, por lo que resulta fácil deducir que llevaban implícito el don de la invisibilidad.

En nuestro entorno, abundan las prácticas que se realizan con el propósito de esquivar a las personas que se consideran enemigas o para rehuir la presencia de la policía, como se evidencia en el prólogo de la oración a San Alejo, una de las más usadas con tal fin: “cuando seáis objeto de sobresalto con motivo de perversas intenciones y vuestra casa esté interferida por personas de mala voluntad o malvadas intenciones” (Guanche: 2001,208). Es precisamente en esta ocasión el momento propicio para poner en práctica este conjuro, aunque también es posible utilizarlo en otras oportunidades.

La consumación de la relación de pareja y que esta perdure de forma adecuada y respetuosa entre ambos cónyuges es otro de los grupos de conjuros, que gozan de fuerte incidencia en nuestro entorno. Y le corresponde a las fórmulas que lo integran haber sido, desde tiempos inmemoriales, las más solicitadas. Abundan los ejemplos que intentan la consumación de tales propósitos, muchos de los cuales quedaron documentados en las causas presentadas a los tribunales del Santo Oficio.

El análisis de dichas fuentes permite corroborar que muchas de las vías usadas en aquel entonces perviven aún hoy, como es obvio, con ciertas modificaciones, no solo entre la población cubana, sino en gran parte del ámbito latinoamericano.

Martín Soto las incluye en el grupo que denomina magia amorosa o erótica, y es precisamente en este campo donde la hechicería halló una motivación importante; fórmulas ejecutadas, en su gran mayoría, por el sexo femenino. Diversos elementos que las integran no han variado mucho hasta el presente, entre ellos la invocación a entidades específicas, y la utilización de ciertos elementos o emanaciones procedentes del cuerpo humano.

Las encaminadas a obtener un sueño agradable poseen una alta incidencia. Tales técnicas oscilan desde esquemas muy sencillos, que incluyen la presencia de objetos —zapatos, chancletas, que no por simples o comunes dejan de estar investidos de una importante carga simbólica, con variadas connotaciones en diversas culturas—, a los cuales se añade la señal de la cruz y agua,  que por ser una sustancia vital para la vida es frecuentemente incluida en estas obras de carácter propiciatorio.

Si bien es cierto que muchos conjuros incorporan una relación importante de oraciones populares que han sido conservadas a través de su impresión en hojas sueltas, cuyo antecedente se puede hallar entre fines del siglo xix y principios del xx, algunas de ellas  poseen un origen más remoto, que también es posible corroborarlo por las fuentes legadas por los procesos inquisitoriales. Lo más usual es la tendencia a su síntesis, en aras de usar solo los fragmentos que contienen, de forma resumida, lo que se espera de estas. Pero predominan en el entorno cubano las invocaciones a entidades o fuerzas sobrenaturales que asumen el formato de pequeñas estrofas que pueden adoptar la estructura de tercetas o cuartetas con considerables variantes de presentación Suelen adicionarse indistintamente como parte del ritual sustancias, objetos, plantas o animales revestidos, desde antaño, de connotación especial, que favorecen —según la tradición— el desarrollo exitoso del conjuro.

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Caridad Santos Gracia es Licenciada en Historia del Arte (Universidad de La Habana, 1975). Investigadora agregada del ICIC Juan Marinello. Ha obtenido premios nacionales de investigación, entre ellos, Premio del CIDCC Juan Marinello, Catauro de la Fundación Fernando Ortíz y Premio de la Crítica Científico-Técnica. Entre sus libros publicados en calidad de coautora y autora se encuentran: Cultura popular tradicional cubana; Danzas populares tradicionales cubanas, Juegos infantiles tradicionales, Los agüeros cubanos, entre otros.

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