Producción porcina: entre lastre y reserva

A muy pocos seguidores de los procesos productivos de alimentos del país se les ocurrirá negar que la ausencia de carne de cerdo en muchos sitios de venta y los altos precios de la que aparece tienen causas multifactoriales, entre las que se ubica la falta de pienso.

Este tipo de comida para los animales ha seguido dependiendo hasta hoy de las importaciones, ya sea en el caso de aquella que asegura el crecimiento, que de manera general se compra fuera de fronteras ya elaborada; o la que se emplea en otras etapas, cuyas materias primas igualmente se adquieren en el exterior. En fin, desde las plantas industriales elaboradoras hasta las naves donde crecen los cerdos se está al corriente de la llegada de los barcos con maíz y soya, fundamentalmente.

Se trata de una vulnerabilidad vigente, con periodos cíclicos. Y cuando uno de estos ocurre, aunque sea por motivos objetivos, dígase palpable recrudecimiento de las medidas del Gobierno estadounidense para ahogarnos económicamente y las decisiones que esto mismo impone, como la reducción de compras en el exterior; aparece todo tipo de reacción en los conductores y ejecutores de las estrategias productivas.

Con gran peso en el aporte real de carne, los productores que poseen convenios de preceba con las empresas estatales porcinas han recibido de estas, mediante la venta, el 70 % del alimento, es decir, unos 290 kilogramos de pienso seco por animal para los 180 días de engorde hasta el momento de la venta para el sacrificio.

Todo eso bajo el compromiso de buscar por vías propias –siembra y cosecha o compras a terceros– el resto del sustento de los animales.

De acuerdo con indagaciones realizadas, esto último no ha marchado bien. Algunos de los dedicados a la preceba no poseen tierras en cantidades suficientes para plantar y recoger yuca, boniato, caña y maíz, que es lo recomendado para estos casos; otros, con áreas disponibles, ponen como escudo la sequía y la falta de fuentes de abasto de agua y de sistemas de riego.

¿Las formas de lograr ese 30 % de alimento animal identificado ante el pienso industrial como producción alternativa han estado bajo la mirada rigurosa de las estructuras municipales estatales porcinas y las cooperativas a las que pertenecen los productores con los mencionados convenios?

El cuestionamiento es apropiado, sobre todo ahora que está en marcha un estudio que, argumentado por especialistas del Instituto de Investigaciones Porcinas, plantea que los animales necesitan pienso de inicio y crecimiento durante los primeros 90 días.

De ahí se desprende que la parte estatal debe garantizar el 40 % del alimento justamente para el periodo indispensable de los tres meses. Y el resto correría a cargo de los propios productores, a los que se les entregará también un núcleo proteico sobre la base de la soya, que ayudará en la dieta con que se concretará la ceba de los animales.

Por supuesto que el apoyo tiene otras aristas. Precisamente, los directivos del sector estatal porcino han recurrido a las autoridades de la Agricultura para hacer un levantamiento de las tierras disponibles con el fin de entregarlas en usufructo a los porcinicultores que las necesiten para asegurar los alimentos. Además, es lógico pensar en beneficios bancarios como créditos para ejecutar inversiones indispensables.

Sobre la nueva «fórmula» o cualquier otra que se aplique y tenga que ver con el otorgamiento de tierras, debe existir el más serio control con el fin de que las parcelas se destinen al uso asignado. Igual ocurre con el dinero que se otorgue para el crecimiento, pues no sobra recordar que hay ejemplos de criadores de cerdos que tomaron préstamos de los bancos bajo un fin productivo declarado, digamos que mejorar las instalaciones, pero lo utilizaron con otros propósitos muy diferentes.

Lo comentado en este material, reitero, posee diversidad de matices y de vías para darle cauce apropiado.
Por eso mismo se habla actualmente de acciones concretas como renovados planes para incrementar la producción nacional de maíz, a lo que acompañan el interés por recuperar los cebaderos estatales de cerdos (tanto de las empresas porcinas como de otras entidades) y reclamos intensificados por parte de las máximas autoridades del país hacia las instituciones de investigación de la rama agropecuaria y demás sectores, con el propósito de aplicar a fondo la ciencia en busca de todo tipo de solución.

Ciertamente, sobre el país se siente el lastre, mental y práctico, de no sacar todo el provecho de las reservas con que contamos para obtener productos agrícolas que constituyan el grueso fundamental de la alimentación de los animales de los que se obtiene la carne.

EN CONTEXTO

  • En los debates de la comisión Agroalimentaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular, previos a la tercera sesión extraordinaria de la IX Legislatura, se dio a conocer que la producción porcina atraviesa un déficit desde octubre de 2018 y no se recuperará en al menos siete meses.
  • En el encuentro los diputados se refirieron a la necesidad de potenciar cultivos como la yuca, el boniato y el maíz, no solo en el sector estatal, sino también entre los productores individuales, con vistas a sustituir importaciones e incrementar, por ejemplo, la fabricación de pienso criollo, lo cual incide directamente en producir más carne de cerdo.
  • Entre las alternativas expuestas entonces para la sustitución de las importaciones de pienso, se destacó el experimento que se realiza en el Instituto de Investigaciones de Viandas Tropicales para emplear la masa verde de la yuca como fuente proteica en la alimentación animal.

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