Videoclip cubano: ¿música vs. difusión?

El videoclip cubano ha desarrollado –sin duda– una empinada y vertiginosa carrera que compite hoy por hoy con los más exigentes estándares internacionales de la industria, tanto en conceptualidad como en realización. Para muchos, el punto de inicio del género en Cuba se remonta a Now!, del cineasta Santiago Álvarez, pero a su vez bordeando clásicos como Mi gatico Vinagrito o Encuentros (Ernesto Fundora), según otros. En cualquier caso, nadie pondría en tela de juicio la innovación creativa de esos –y otros– audiovisuales en estos años, pero sucede que, de muchas maneras, el género ha estado gravitando sobre una peligrosa fogata conformada por cineastas, músicos, dramaturgos, estetas, críticos y público, donde rara vez todos coinciden y muchas veces todos discrepan. Otro ingrediente aglutinador del género fue la aparición del proyecto Lucas, creado por Orlando Cruzata, donde han convergido de forma buena, mala, regular o en grado superlativo los más reconocidos nombres que sustentan el videoclip en Cuba.

Pero no debe verse como un género divorciado de un importante factor de la industria musical: el artista y su –muchas veces antagónica– calificación de popular. Y eso sí lo ha sumido en una suerte de fuego cruzado, de ambivalencia cultural que le ha costado no pocas batallas. Sí pienso que faltan mejores estrategias institucionales para sustentar permanencias y discursos, en un mundo cada vez más golpeado por corrientes contraculturales y demoledoras donde el pensamiento propio no está de moda. ¿Cómo explicar la poca transmisión de recientes clips como La Bayamesa, Mujer bayamesa o Te espero en la eternidad, por ejemplo? ¿Por qué tanta desventaja de reiteración televisiva? Si hiciéramos el más elemental ejercicio de monitoreo, notaríamos que existe una zanja bastante profunda donde se desechan estos y otros excelentes abordajes audiovisuales en detrimento de una esmerada dirección.

¿Acaso solo lo que está de moda tiene cabida en la difusión masiva en Cuba? Muchas veces se cuestiona el mal gusto de algunos artistas y sus videoclips, pero poco se hace para posicionar a otros que también son genuinos y constituyen una excelente corriente ante el fenómeno –muchas veces importado– que nos invade. Cuando nacía el Canal Clave, muchos creímos en la revitalización de estéticas sepultadas a capricho y que apreciaríamos con más frecuencia el trabajo de buena parte de músicos cubanos que no gozan del favor de los programas más populistas de la TV, pero fue en vano: una desequilibrada selección de clips y de estilos musicales mutila una zona necesaria de nuestra cultura, la desangra sin más explicación. Sin embargo, dicho canal en propuestas foráneas de música de concierto, ópera o similares sí marca una diferencia notable. ¿Por qué no lograrlo entonces con el clip cubano?

¿Por qué escasean en su programación José María Vitier, Chucho Valdés, Silvio Rodríguez, el Coro Nacional o Santiago Feliú que poseen DVD o clips editados por casas disqueras cubanas?  ¿Por qué solo la Trova en fechas patrias? A ello debe sumarse la penosa y denigrante programación de audiovisuales en lugares públicos como aeropuertos, cafeterías, restaurantes, escuelas, hoteles y terminales de ómnibus, sin el mínimo de pudor para promover lo grosero, aquello que no nos identifica como cultura ni como nación. Deben abarcarse todos los géneros posibles, sin demeritarlos o sesgarlos basados en criterios personales, que por lo general suelen ser peligrosos.

 

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